Hoy se cumple medio siglo de uno de los fallecimientos más traumáticos y recordados de toda la historia del ciclismo. El del inglés Tom Simpson en pleno ascenso al Mont Ventoux, en el Tour de Francia de 1967. Un deceso que dio lugar a la instauración de los primeros controles antidopaje.

La muerte que cambió el ciclismo

Tom Simpson murió sobre una bicicleta, con los pies anclados a los pedales y las manos fijas en el manillar. Dos kilómetros lo separaban de la descarnada cima del imponente Mont Ventoux y nadie pudo disuadirlo. Su corazón se detuvo antes de que lograran convencerlo de que dejara de pedalear. Sucedió en julio de 1967, el día 13 y en la etapa 13 del Tour de Francia de aquel año, en vísperas de la Fiesta Nacional.

Una jornada demasiado calurosa en Provenza. Un mal día para desafiar a un coloso como el Ventoux, uno de los puertos de montaña con mayor exigencia de la ronda gala. Una mole que se eleva 1.912 metros y a cuya cumbre, sacudida día y noche por el helado mistral, conduce una larguísima ascensión de 22 kilómetros, con pendiente de hasta 10%. El Gigante de la Provenza, una montaña asesina que en las últimas ediciones del Tour vio recortado en seis kilómetros su recorrido para proteger a los ciclistas de las despiadas ráfagas de su cumbre. Un reto para escaladores no contemplado este año en la prueba.

Pero sí hace 50, en aquel Tour que muchos creían que tenía que ser finalmente el de Simpson. Porque la fascinación que el ciclista nacido en Haswell -pequeño pueblo del norte de Inglaterra- sentía por la Gran Vuelta celebrada en territorio francés, hacía años que había adquirido ribetes de auténtica obsesión.

Poco o nada parecían importarle sus éxitos previos. Ni la medalla de bronce en los JJ.OO. de Melbourne 1956, en persecución por equipos; ni su oro en el Mundial de Ruta 1965; ni sus triunfos en tres de las cinco clásicas conocidas hoy como hitos del ciclismo (la Milán-San Remo, el Tour de Flandes y el Giro de Lombardía); tenían valor alguno comparados con la sensación que debía suponer cruzar los Campos Elíseos vestido de amarillo. Desde que en 1962 se convirtiera en el primer británico de la historia en vestir el maillot de líder en el Tour, proclamarse campeón de la ronda gala había pasado a convertirse en su único y esquivo objetivo.

Antes de 1967, Simpson había participado en seis ediciones del Tour, pero siempre había sucedido algo. En el 64 y en el 65 había corrido con problemas de salud, y en el 66 una aparatosa caída en el descenso de otro puerto legendario, el Galibier, lo había sacado de la carrera. Pero el 67 estaba siendo su año. Había sumado dos victorias de etapa en la Vuelta Ciclista a España y se había adjudicado también la París-Niza. Era una estrella, estaba en el mejor momento y había llegado a convertirse en un referente nacional en un deporte que los británicos no dominaban. Pero algo falló.

En Los Alpes, en las etapas previas al ascenso al Ventoux, el inglés había presentado algunos problemas estomacales. Estaba mermado, había perdido demasiado tiempo con respecto al líder de la general, el sorprendente Roger Pingeon, pero confiaba en recuperarlo. Fue por eso que decidió tomar la salida junto al resto del pelotón aquella aciaga mañana del 13. En Marsella, punto de partida de la etapa, los termómetros marcaban 40 grados.

Simpson, jefe de filas del equipo Peugeot, preparó su bicicleta, llenó sus bidones con brandy y se echó a la carretera. Resistió junto al grupo de cabeza durante las primeras rampas del Ventoux, pero cuando el terreno comenzó a inclinarse, a volverse cada más duro, se descolgó. A falta de sólo dos kilómetros para coronar la cumbre, su cuerpo comenzó a fallar.
El zigzagueo de su bicicleta sobre la calzada, su mirada gacha y vacía y su cabeceo incesante con el dorsal 49 a la espalda, indicaban que algo no marchaba bien. Y llegó el primer desplome. Sobre el asfalto. Dos espectadores y el mecánico del equipo, Harry Hall, corrieron a su auxilio. Pero Simpson estaba decidido a domar como fuera el Ventoux. “Put me back on my bike!”(¡Súbanme otra vez a mi bici!), vociferó entonces desde el suelo, pero sólo alcanzó a pedalear 200 metros hacia la cima. Subido a la bicicleta, tal y como había ordenado, y con las manos aún rígidas aferradas al manillar, se produjo el segundo desvanecimiento, el que obligó a los aficionados a conducirlo, sobre la bici, a la berma, donde fue atendido. Fue allí mismo donde trataron de reanimarlo, pero cuando el helicóptero que lo trasladó al Hospital de Aviñón llegó a destino, el corazón de Simpson ya había dejado de latir. En el bolsillo de su maillot hallaron tres frascos de onidrina, una sustancia estimulante. Dos de ellos estaban vacíos. La deshidratación que motivó el colapso cardíaco había sido el resultado de un explosivo cóctel de anfetaminas y alcohol.

En aquella época, eran muchos quienes reconocían consumir anfetaminas para potenciar su rendimiento en el ciclismo, señalado como pocos por la práctica del dopaje y, hasta el día de hoy, manchado como ninguno. Pero la muerte de Simpson -de la que su mujer, Helen, se enteró por la radio desde su casa de verano de Pianatoli, Cerdeña- marcó un antes y un después en los protocolos de lucha contra el dopaje. La Unión Ciclista Internacional reaccionó al televisado fallecimiento del inglés regulando por primera vez el consumo de sustancias para aumentar el rendimiento y en el Tour de 1968 se realizaron los primeros controles antidopaje.

La etapa de 211 kilómetros entre Marsella y Carpentras que Simpson nunca terminó, la ganó Jan Janssen, pero al día siguiente el pelotón dejó vencer al también británico y compañero de equipo de Simpson, Barry Hoban, en homenaje al malogrado pedalero. Un ciclista al que recuerda desde 1968 un pequeño monumento con su nombre en la cuneta en la que perdió la vida, a los pies del Mont Ventoux.

En la cima se han coronado desde entonces numerosos escaladores en las 15 veces que la mítica montaña ha formado parte de la prueba; como el italiano Marco Pantani, en 2000 y con la condescendecia de Armstrong; el francés Richard Virenque en 2002; o el británico Chris Froome, en 2013. Pero la que es, probablemente, la victoria más significativa de todas, se produjo tan solo tres años después de la muerte de Simpson, en 1970, cuando el incomparable Eddy Merckx, en plena exhibición escaladora, tuvo tiempo para sacarse la gorra y dedicarle una reverencia a Simpson al pasar junto a su monumento antes de meterse medio Tour en el bolsillo. “No está loco el que sube al Ventoux. Está loco el que repite”, dijo después, tras cruzar en solitario la línea de meta.